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Lo quiero todo enseguida
Tomar decisiones precipitadas, no pensar las cosas dos veces, pueden llevar a cometer errores, así como el no tener paciencia para esperar resultados a largo plazo. ¿De dónde viene esta avidez? ¿Cómo calmar los impulsos?
MARTA NIETO
Para ellos, esperar en una cola o conseguir algo de una forma progresiva es un auténtico sufrimiento. Necesitan que las cosas avancen rápido, obtener inmediatamente lo que desean. En caso contrario, cierran la puerta de un portazo y, sin ningún miramiento, buscan por otro lado lo que desean.

Una actitud que, como señala la psicóloga clínica Blanca Matalobos, es característica de la época actual: "Vivimos en una sociedad muy competitiva y la falta de tiempo es la nota dominante. Si esto lo traducimos al funcionamiento personal, tendremos a individuos que buscan conseguir sus resultados en el menor tiempo posible: reconocimiento laboral desde el primer momento, ajuste con la pareja desde el principio de la relación, comportamiento impecable de los hijos sin dedicar grandes esfuerzos y tiempo a su educación, una comida suculenta sin esfuerzo ni largas esperas en la cocina...".

Este nivel de exigencia hace que los demás los vean como personas altamente competitivas, muy seguras de ellas mismas, ágiles, eficaces y capaz de tomar decisiones rápidamente.
Un perfeccionismo infantil
"Cuando acabé la carrera, pensé que iba a comerme el mundo. Llegué a una de las mejores agencias de publicidad llena de ideas, pero muy pronto me sentí desencantada. No explotaban mis cualidades, ni me daban responsabilidades. A los dos meses me marché, desencantada... pero creo que me precipité y no supe esperar mi oportunidad", confiesa Tatiana, de 32 años.

Una infancia demasiado protegida suele estar en la base de esta insatisfacción. El niño crece con la idea de que siempre va a obtener lo que quiere, pero una vez adulto, en cuanto encuentra su primer obstáculo, todo es un drama. "La incapacidad para demorar el esfuerzo se observa mucho en la infancia y en la adolescencia. Uno vive el presente de forma tan intensa que es capaz de sacrificar algo de su tiempo en beneficio de un bienestar mayor a medio-largo plazo. A veces se confunde el vivir el presente con no pensar en el futuro", añade Paloma Méndez, psicóloga clínica en Activa Psicología.
Saber manejar la frustración
"Nunca pensaba en los gastos que suponían la ropa, una espléndida cena o hacer un regalo, pero la última vez me pasé. Aun sabiendo que se me iba del presupuesto, me apunté a un viaje fuera de mi alcance. 'Solo se vive una vez', pensé. Los tres meses siguientes casi no tuve ni para comer", recuerda Isabel, diseñadora de 29 años.

La frustración es fundamental en la configuración de la personalidad, por eso hay que aprender a manejarla y a demorar la obtención de recompensas. Pero ¿cómo hacerlo? El psicólogo clínico Guillermo Fouce nos da las claves: "En primer lugar, entendiendo o aceptando que uno tiene un problema con esto, luego aplicándolo en la vida cotidiana, en cada situación en que las cosas no salen como nosotros queremos".

En opinión del especialista, si se logran rápidamente las satisfacciones, se disfrutan menos y se puede entrar en una escalada de necesidades excesivas. Además, "puede repercutir negativamente en nuestras relaciones con los demás, por el lado impulsivo que conlleva", concluye Paloma Méndez.
Cecilia. 34 años, directora financiera: "Dejo que pase un día antes de tomar una decisión"
"Yo era de esas personas que se crean continuamente necesidades que deben colmar de inmediato: un vestido, un bolso, incluso un proyecto profesional... En cuanto pensaba en ellos, me obsesionaba por conseguirlo y ponía toda mi energía y atención en ello.

Era una situación muy estresante. Ahora dejo que pasen 24 horas antes de actuar. Esta técnica me permite calmar mi tendencia al consumo y a sobrecargarme de trabajo. Ahora, en cuanto siento que me dejo tentar por algo, me obligo a esperar un día para ver si realmente lo necesito. La mayoría de las veces veo que no".
Reportaje completo en la edición impresa [Psychologies nº 43].

¿QUÉ HACER?
1. Establecer una lista de objetivos. Para las personas que lo quieren todo ya un buen ejercicio consiste es escribir en un papel las metas y los objetivos a conseguir, los pasos que debemos dar y el tiempo que nos llevará cada paso. Deja en la agenda diaria tiempos entre actividades de forma a no precipitar tareas ni dejar las cosas sin terminar.
2. Cuestionar los plazos establecidos... y analiza las consecuencias de no cumplirlos, planteándote si esas consecuencias son suficientemente importantes o graves para justificar una actuación precipitada o de presión.
3. Haz las cosas con serenidad... y tranquilidad, dejando a los demás el tiempo que necesiten. Escucha, mira, piensa, siente... degusta. Date tiempo para procesar la información que te rodea y disfruta de las sensaciones que te brinda la vida.
4. Aprovecha cada día como si fuera el último (con la pareja, con los hijos, en el trabajo...). Saborea cada instante y tómate el tiempo que necesites para hacerlo, sin dejarte presionar por la inmediatez ni por lo que vendrá luego.
5. Observa lo que ocurre cuando la espera se hace insoportable. La angustia, el estrés, la irritación surgen, lo que no es muy agradable. Mide también las consecuencias de esto: eres desagradable con los demás, no puedes conciliar el sueño, no eres por ello más eficaz... Hacer este esfuerzo de lucidez es lo único que puede iniciarte a querer aprender la paciencia.
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