Para ellos, esperar en una cola o conseguir algo de una forma progresiva es un auténtico sufrimiento. Necesitan que las cosas avancen rápido, obtener inmediatamente lo que desean. En caso contrario, cierran la puerta de un portazo y, sin ningún miramiento, buscan por otro lado lo que desean.
Una actitud que, como señala la psicóloga clínica Blanca Matalobos, es característica de la época actual: "Vivimos en una sociedad muy competitiva y la falta de tiempo es la nota dominante. Si esto lo traducimos al funcionamiento personal, tendremos a individuos que buscan conseguir sus resultados en el menor tiempo posible: reconocimiento laboral desde el primer momento, ajuste con la pareja desde el principio de la relación, comportamiento impecable de los hijos sin dedicar grandes esfuerzos y tiempo a su educación, una comida suculenta sin esfuerzo ni largas esperas en la cocina...".
Este nivel de exigencia hace que los demás los vean como personas altamente competitivas, muy seguras de ellas mismas, ágiles, eficaces y capaz de tomar decisiones rápidamente.
Un perfeccionismo infantil
"Cuando acabé la carrera, pensé que iba a comerme el mundo. Llegué a una de las mejores agencias de publicidad llena de ideas, pero muy pronto me sentí desencantada. No explotaban mis cualidades, ni me daban responsabilidades. A los dos meses me marché, desencantada... pero creo que me precipité y no supe esperar mi oportunidad", confiesa Tatiana, de 32 años.
Una infancia demasiado protegida suele estar en la base de esta insatisfacción. El niño crece con la idea de que siempre va a obtener lo que quiere, pero una vez adulto, en cuanto encuentra su primer obstáculo, todo es un drama. "La incapacidad para demorar el esfuerzo se observa mucho en la infancia y en la adolescencia. Uno vive el presente de forma tan intensa que es capaz de sacrificar algo de su tiempo en beneficio de un bienestar mayor a medio-largo plazo. A veces se confunde el vivir el presente con no pensar en el futuro", añade Paloma Méndez, psicóloga clínica en Activa Psicología.
Saber manejar la frustración
"Nunca pensaba en los gastos que suponían la ropa, una espléndida cena o hacer un regalo, pero la última vez me pasé. Aun sabiendo que se me iba del presupuesto, me apunté a un viaje fuera de mi alcance. 'Solo se vive una vez', pensé. Los tres meses siguientes casi no tuve ni para comer", recuerda Isabel, diseñadora de 29 años.
La frustración es fundamental en la configuración de la personalidad, por eso hay que aprender a manejarla y a demorar la obtención de recompensas. Pero ¿cómo hacerlo? El psicólogo clínico Guillermo Fouce nos da las claves: "En primer lugar, entendiendo o aceptando que uno tiene un problema con esto, luego aplicándolo en la vida cotidiana, en cada situación en que las cosas no salen como nosotros queremos".
En opinión del especialista, si se logran rápidamente las satisfacciones, se disfrutan menos y se puede entrar en una escalada de necesidades excesivas. Además, "puede repercutir negativamente en nuestras relaciones con los demás, por el lado impulsivo que conlleva", concluye Paloma Méndez.
Cecilia. 34 años, directora financiera: "Dejo que pase un día antes de tomar una decisión"
"Yo era de esas personas que se crean continuamente necesidades que deben colmar de inmediato: un vestido, un bolso, incluso un proyecto profesional... En cuanto pensaba en ellos, me obsesionaba por conseguirlo y ponía toda mi energía y atención en ello.
Era una situación muy estresante. Ahora dejo que pasen 24 horas antes de actuar. Esta técnica me permite calmar mi tendencia al consumo y a sobrecargarme de trabajo. Ahora, en cuanto siento que me dejo tentar por algo, me obligo a esperar un día para ver si realmente lo necesito. La mayoría de las veces veo que no".
Reportaje completo en la edición impresa [Psychologies nº 43].