Françoise Sagan
La voluntad obstinada de un espíritu libre
Hizo de la rebeldía un modo de vida, viviendo al margen de las normas conservadoras de la sociedad francesa y esgrimiendo el culto a la libertad como única religión. Vitalista, apasionada e inquieta, fue un mito de la literatura cuya soledad nadie ignoraba.
"Sólo cerrando las puertas detrás de uno se abren ventanas hacia el porvenir" (Françoise Sagan)
LAS CUATRO IDEAS CLAVE DE SU PENSAMIENTO
1. VIVIR CON INTENSIDAD. Me es totalmente imposible comprender el desarrollo de mi propia vida. Vivía demasiado yo misma. He necesitado que deje vivir a alguien en mi lugar, que lo lea, para que mi existencia me resulte, por fin, sensible, afirmó en una ocasión. Amó el riesgo, los descapotables ingleses y la velocidad, que despeina las tristezas. Vivió la muerte muy de cerca en varias ocasiones, llegando incluso a estar en coma. Ver a menudo la muerte de cerca le quita mucho prestigio, solía decir.
2. NO LAMENTARSE. Encontraba la infelicidad indecente, además de estéril. Jamás lloraba ante los reveses de la fortuna y aprendió más de sus fracasos que de sus éxitos. Un fracaso en el teatro, por ejemplo, es para mí más estimulante que el éxito. ¿Qué hacer en caso de éxito sino bajar la mirada e intentar mostrarse modesto? En caso de fracaso, al contrario, hay que recordarle a la troupe desconsolada que no es el fin del mundo, que, al fin y al cabo, hemos pasado un buen rato juntos.
3. EL VALOR DE LA AMISTAD. Ella, a la que se le acusaba de egoísta, estaba más atenta a los demás que a ella misma, sin exuberancia. Hablaba muy poco de ella misma, afirmaba el editor Robert Laffont. Sus amigos fueron imprescindibles para ella, a los que agasajó, cuidó y mimó a lo largo de su vida. Su casa fue siempre de puertas abiertas para ellos. De todos fue conocida su sólida amistad con Orson Welles, Mitterrand o Sartre, al que acompañó con fidelidad y sostuvo hasta el final de su vida.
4. APRENDER A REIRSE. Tuvo la elegancia de no tomarse en serio. Se mostró siempre imperturbable ante las críticas, respondiendo con la ligereza que sólo el humor proporciona a los ataques de sus más acérrimos detractores. Escribió ella misma su propio epitafio: Hizo su aparición en 1954, con una novela ligera, Buenos días, tristeza, que fue un escándalo mundial. Su desaparición, tras una vida y una obra igualmente agradable y desordenada, sólo fue un escándalo para ella misma.
Reportaje completo en la edición impresa [Psychologies nº 4].