Marie Curie: Creer en una misma
No solo fue la primera mujer Nobel de la historia y una apasionada científica. Le interesaba por encima de todo la humanidad y su bienestar. Creía que con perseverancia y confianza en uno mismo se vencían las dificultades.
"Uno no se da cuenta de lo que ha hecho, sino de lo que queda por hacer"
LAS TRES IDEAS CLAVE DE SU PENSAMIENTO
1. GENEROSIDAD INFINITA. El matrimonio Curie pasó hambre y frío durante cientos de horas de investigación en un destartalado hangar, en el que trabajaban sin descanso en pos de descubrimientos que sabían serían buenos para la humanidad. Cuando hicieron públicos sus descubrimientos, les llovieron cartas de científicos haciéndoles preguntas. Los Curie decidieron no patentar sus hallazgos: "Sería contrario al espíritu científico", adujeron. Dieron todo tipo de facilidades para "compartir una responsabilidad con la humanidad", en palabras de Marie. No fue su única donación: Marie cedió el dinero de su segundo Nobel a Francia para hacer frente a la Primera Guerra Mundial y donó el gramo de radio que consiguió unir tras un trabajo durísimo al Instituto de Radio de Francia. Fue una mujer valiente y entregada a los demás: al estallar la guerra, estudió anatomía, se sacó el carné de conducir y se fue al frente con su hija Irène: gracias a ellas se hicieron más de un millón de radiografías a heridos de guerra.
2. NO JUZGAR POR LAS APARIENCIAS. Era seria y poco sonriente, pero no era en absoluto una mujer fría. Mantuvo una relación maravillosa con sus hermanos, fue muy cariñosa con sus hijas, Irène y Eve, se compenetró muy bien con su suegro, que vivió muchos años con ella al quedar viudo, y estuvo profundamente enamorada de Pierre, su marido. Se entregó a la ciencia para hacer el bien común y renunció a un segundo amor, el científico Paul Langevin, ante la tormenta social que provocó su relación: él estaba infelizmente casado. Eve Curie escribió una biografía de su madre en la que refleja la ternura de Marie.
3. VALORAR LA SENCILLEZ. Incluso cuando era una eminencia mundial, aclamada y perseguida por gobiernos y universidades, Marie se mantuvo ajena a las prebendas de la notoriedad: "Los honores y la fama han estropeado la existencia pacífica y laboriosa que llevábamos", escribió en su diario. No cambió su vida monacal ni sus vestidos "prácticos y oscuros, para poder llevarlos al laboratorio", explicaba ella. Y, sobre todo, permaneció al margen de las intrigas impulsadas por la ambición o la envidia. Le espantaban los corrillos conspiratorios: "Hay científicos sádicos que se apresuran en cazar errores en vez de buscar la verdad", afirmó. A ella solo le interesaba el conocimiento: "Hay que ser menos curioso sobre las personas y más sobre las ideas", decía. Lo que hace que una vida sea plena, pensaba Marie, no es una existencia prolongada, sino "que esté llena de buenas acciones".
Reportaje completo en la edición impresa [Psychologies nº 36].