PILAR VARELA
Licenciada en Psicología, máster en Sociología Política y en Psicología Industrial. Ha sido profesora de las facultades de Psicología y Ciencias de la Información, así como del Instituto de Empresa, en Madrid. Colabora con RNE. Es autora de diversos libros.
QUIEN ES MÁS FELIZ ES MÁS BUENO
Un descubrimiento simple y a la vez profundo de la Psicología, y de la vida en general, es este: quien es más feliz, es más bueno. La felicidad no solo importa por sí misma, sino que tiene valor añadido. Uno es más guapo, más atrevido, más listo y más capaz si es feliz, pero además también es más bueno. Una repentina subida en el termómetro de la alegría genera de inmediato una predisposición a la benevolencia.
Podemos comprobarlo como protagonistas o como beneficiarios. Cuando nos sentimos muy bien, todo alrededor es menos dramático, nuestra visión de las cosas es tolerante, somos proclives a hacer un favor y hasta estamos más simpáticos (la simpatía tiene siempre un punto de generosidad). Lo mismo puede constatarse desde el otro lado. Si requerimos algo especial de alguien tendremos más fortuna en la obtención del objetivo si ese alguien es feliz. Un candidato es mejor valorado en una entrevista de selección profesional, si el entrevistador acaba de recibir una buena noticia y peor si ha pasado una noche de perros o se acaba de enterar que su pareja le engaña.
Conocer esta idea tiene su utilidad. En el intercambio diario no siempre se puede elegir al interlocutor, pero si fuera posible, debemos optar sin dudarlo por aquel que en su rostro manifiesta contento. No es muy difícil averiguarlo, las personas somos hábiles para la comunicación no verbal.
Vayamos ahora a una segunda cuestión, la reversibilidad. ¿Si somos más buenos es probable que también seamos más felices? La respuesta no es meridiana porque la benevolencia no es tan aprehensible como la felicidad. Pero cuando se lleva a cabo un acto concreto (ayudar a un necesitado, por ejemplo) inmediatamente notamos un efecto intimo. No es un subidón de felicidad, desde luego, pero si es una sensación positiva de reconciliación con uno mismo, de fortalecimiento de nuestra pequeñez, algo así como la convicción fugaz, pero certera de que ese es el camino que no deberíamos perder de vista. Hay que reconocer que toda esa vaguedad se traduce en felicidad, invisible y atmosférica, pero felicidad al fin.
Se sabe que la bondad tiene efectos terapéuticos: actuar generosamente mejora la autoestima e interesarse por los otros reduce la timidez extrema. Eso es estupendo; sin embargo, la bondad está por encima de su utilidad. Si el mayor anhelo humano, que es alcanzar la felicidad, nos hace más buenos, ¿no será que el ultimo fin del ser humano es precisamente la bondad? No sé, a lo mejor me estoy poniendo demasiado seria.
Agosto 2008 [Psychologies nº 47].