La cita es en un café de París. Sentada en un rincón, nadie diría que esta mujer menuda es la agente Starling de El Silencio de los corderos o la salvaje Nell. Ese anonimato es lo que ella buscaba cuando hace 15 años adquirió un apartamento en esta ciudad, a donde vuelve siempre que puede. Algo comprensible si se tiene en cuenta su pasado y su presente, llenos de hechos poco comunes. Cuentan que sus padres se separaron porque su padre sorprendió a su madre en pleno adulterio... con una mujer. Y que esta, tras el divorcio, vivió con la madre de la futura estrella. Esa mujer se llamaba Josephine Domínguez, Jo-D (die en inglés), y la actriz tomó este seudónimo en recuerdo de ella. También se cuenta que fue concebida después del divorcio de sus padres, en un intento de estos por recuperar su relación... Hace tiempo reveló su condición homosexual. Sus dos hijos, dicen, son fruto de un donante anónimo, elegido por la actriz entre una inmensa base de datos de personas con un cociente intelectual fuera de serie. Sin embargo, ella pidió que nos limitáramos a hablar de su vida interior.
Es muy conocida tu negativa a hablar de tu vida privada. Nadie sabe de verdad por qué tus padres se divorciaron, la identidad de tus parejas o el nombre de los padres de tus hijos. Nunca hablas de tu relación con tu hermano, que ha escrito un libro sobre vuestra infancia. ¿Qué explicación le das a esto?
No hablo de mi vida privada ni de mis honorarios porque no deseo convertirme en un objeto sexual, ni en motivo de cotilleos. Todo lo que te parece importante y forma parte de tus prioridades, en los medios queda rebajado y se vuelve trivial.
Pero tu silencio alimenta los cotilleos...
No, los cotilleos surgen a pesar de mi voluntad. Llevo en este negocio desde los 3 años, he hecho publicidad, televisión, cine... he crecido en este mundo. Y un día, mucho antes que otros niños, empecé a entender que mi vida no es importante nada más que para mí. Recuerdo que cuando tenía 11 años quería ir a Disneyland. Y pensé: "Si voy, será sin la cámara de un cronista en mi chepa. No me apetece que nadie registre mi experiencia personal, no quiero hacerlo frente a una cámara". Ya lo tenía claro: hay que luchar para ejercer el derecho de vivir la propia vida, con el fin de no perderla. En este sentido, no soy una famosa al estilo de Madonna o de Michael Jackson. No soy un ídolo pop, solamente soy una actriz. Y ese es el motivo por el cual nadie ha intentado verme, por decirlo de alguna manera, "desnuda". Estoy feliz de que me dejen en paz.
El haber empezado a trabajar a una edad tan precoz, ¿no te causa la sensación de que te han robado la infancia?
No tengo la impresión de haber sido privada de nada. Simplemente, he tenido una infancia distinta a la de la mayoría de la gente. Si hubiese sido hija de, pongamos por caso, diplomáticos, mi infancia también hubiese sido muy diferente. Pero una infancia que discurre fuera de los cánones clásicos no tiene por qué ser malsana.
¿Tus comienzos en el oficio obedecían a una necesidad?
¿Quieres decir de dinero? Pues, en cierto modo, sí. Mis padres se divorciaron antes de que yo naciese. De mi padre, nosotros -mi madre y sus tres hijos- recibíamos alrededor de 600 dólares al mes. Y encima, no de manera regular. Eso, incluso en los años 60, significaba poco... Mi hermano Baddie empezó a trabajar en una serie de televisión, y después yo en publicidad. Nuestra madre era nuestra agente. Su dedicación a nosotros era infinita, pero ella quería que hiciéramos carrera. A ella le debo mi profesión. Me veía como a una especie de Grace Kelly a quien no le haría falta ser princesa de Mónaco para poder hacer lo que quisiera. Tal vez haya en ello algún elemento freudiano, pero mi madre era incapaz de imponerse a nadie por encima de sus deseos. Lo que pasa es que yo he vivido toda mi vida convencida de que ese era mi destino. El trabajo constituyó un telón de fondo de nuestra vida en familia, de nuestros juegos infantiles y del amor que nos prodigábamos.
Reportaje completo en la edición impresa [Psychologies nº 45].